Death penalty: Neither necessary nor defensible

Archbishop Wenski's column for August edition of Florida Catholic

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Governor Ron DeSantis — still in his first year of office — has signed his second death warrant. Barring any last-minute stays, convicted murderer Gary Ray Bowles will be executed by the state of Florida on August 22nd. Also, in late July, U.S. Attorney General William Barr announced that the death penalty, after a hiatus of almost two decades, would be reinstated by the federal government — and then he scheduled five people to be executed in coming months.

In recent decades, capital punishment has been abandoned or outlawed in most modern states: the exceptions being countries like Cuba, China, North Korean, Iran — and the United States of America.

Gary Ray Bowles and those awaiting execution by the federal government have been imprisoned for some years: Their crimes were committed decades ago. If the state has been able to protect society from these admittedly bad actors by keeping them locked up till now, why is it now necessary to execute them? Does society really make a coherent statement against killing by killing?

The argument has been made that the application of the death penalty represents the legitimate self-defense of society from an unjust aggressor, i.e. the murderer. And, historically, the Church has conceded the point that the state can rightly apply capital punishment when absolutely necessary; i.e. when otherwise impossible to defend society. There is, in Church teaching, no moral equivalence between the execution of the guilty after due process of law and the willful destruction of innocent life that happens with abortion or euthanasia. However, St. John Paul II pointed out in Evangelium Vitae (no. 56): Given the organization of today’s penal system and the option of imposing life imprisonment without the possibility of parole, such an “absolute necessity” is “practically non-existent.”

Also, it is difficult to defend the “necessity” of executing someone when often his accomplice, in exchange for information or testimony, is given through plea bargaining a lesser sentence. And while some loved ones seek “closure,” it is hard to see how capital punishment as “social retribution” or “institutional vengeance” really serves the purpose of punishment which should be designed to redress the disorder caused by the offense. The death penalty cannot bring the victims back to life.

Even from a purely pragmatic or utilitarian point of view, the death penalty cannot be defended even as an effective deterrent to crime. Texas has executed more criminals than any other state; yet it still has one of the highest murder rates in the nation. And the death penalty is not cost effective. It costs the state less to imprison someone for the remainder of his natural life than to execute him. Given that it is irreversible, society has rightly provided that it be applied only after lengthy (and expensive) legal appeals. And, despite this, there are more than 400 documented cases of wrongly convicted persons executed in the U.S. during the last century.

Willful murder is a heinous crime; it cries to God for justice. Yet God did not require Cain’s life for having spilt Abel’s blood. While God certainly punished history’s first murderer, he nevertheless put a mark on him to protect Cain from those wishing to kill him to avenge Abel’s murder (cf. Gn 4:15). Like Cain, the condemned prisoner on death row — for all the evil of his crimes — remains a person. Human dignity — that of the convicted as well as our own — is best served by not resorting to this extreme and unnecessary punishment. Modern society has the means to protect itself without the death penalty.

The commutation to life imprisonment would serve the common good of all by helping break our society’s spiral of violence, for the “eye for an eye” mentality will just end up making us all blind. Earlier this year, Pope Francis reiterated the teachings of St. John Paul II that the “dignity of the human person is not lost even after the commission of very serious crimes.” Pope Francis placed in the Catechism of the Catholic Church a reaffirmation that “the Church teaches, in the light of the Gospel, that ‘the death penalty is inadmissible because it is an attack on the inviolability and dignity of the person’.”

 

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El gobernador Ron DeSantis, todavía en su primer año de mandato, firmó su segunda sentencia de muerte. A menos que se aplace en el último momento, el estado de La Florida ejecutará al asesino convicto Gary Ray Bowles el 22 de agosto. Además, a fines de julio, el Secretario de Justicia de los Estados Unidos, William Barr, anunció que la pena de muerte, después de un paréntesis de casi dos décadas, sería restablecida por el gobierno federal, y luego programó la ejecución de cinco personas en los próximos meses.

En las últimas décadas, la pena capital ha sido abandonada o prohibida en la mayoría de los Estados modernos: las excepciones son países como Cuba, China, Corea del Norte, Irán —y los Estados Unidos de América.

Gary Ray Bowles y los que esperan las ejecuciones del gobierno federal han permanecido encarcelados durante años: sus crímenes se cometieron hace décadas. Si el Estado ha podido proteger a la sociedad de estos reconocidos malhechores, manteniéndolos encerrados hasta hoy, ¿por qué es necesario ejecutarlos ahora? Realmente, ¿es coherente que la sociedad exprese su rechazo del asesinato matando al asesino?

Se ha argumentado que la aplicación de la pena de muerte representa la legítima defensa de la sociedad contra un agresor injusto, es decir, el asesino. E, históricamente, la Iglesia ha admitido que el Estado puede aplicar correctamente la pena capital cuando sea absolutamente necesario; es decir, cuando sea imposible defender a la sociedad de otra manera. No hay, en la enseñanza de la Iglesia, una equivalencia moral entre la ejecución del culpable después del debido proceso legal, y la destrucción voluntaria de la vida inocente que ocurre con el aborto o la eutanasia. Sin embargo, San Juan Pablo II señaló en Evangelium Vitae(no. 56) que, dada la organización del sistema penal actual y la opción de imponer cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, tal “necesidad absoluta” es “prácticamente inexistente”.

Además, es difícil defender la “necesidad” de ejecutar a alguien cuando a menudo su cómplice, a cambio de información o testimonio, recibe, gracias a una declaración negociada, una sentencia menor. Y aunque algunos seres queridos de las víctimas piden un “cierre”, es difícil de comprender cómo la pena capital, aplicada como “retribución social” o “venganza institucional”, puede cumplir realmente el propósito del castigo como corrección del trastorno causado por el delito. La pena de muerte no puede devolver la vida a las víctimas.

Incluso desde un punto de vista puramente pragmático o utilitario, la pena de muerte no puede defenderse ni siquiera como un elemento disuasorio efectivo contra el delito. Texas ha ejecutado a más criminales que cualquier otro estado; sin embargo, sigue teniendo una de las tasas de asesinatos más altas de la nación. Y la pena de muerte no es rentable. Al Estado le cuesta menos encarcelar a alguien por el resto de su vida natural, que ejecutarlo. Dado el hecho de que la pena de muerte es irreversible, la sociedad ha previsto con razón que se aplique sólo después de largas y costosas apelaciones legales. Y, a pesar de esto, hay más de 400 casos documentados de personas condenadas injustamente que fueron ejecutadas en los Estados Unidos durante el siglo pasado.

El asesinato deliberado es un crimen atroz, y clama a Dios por justicia. Sin embargo, Dios no exigió la vida de Caín por haber derramado la sangre de Abel. Aunque Dios, ciertamente, castigó al primer asesino de la historia, le impuso una marca para protegerlo de quienes deseaban matar a Caín para vengar el asesinato de Abel (cf. Gn 4:15). Al igual que Caín, el preso condenado al corredor de la muerte, a pesar de toda la maldad de sus crímenes, sigue siendo una persona. La dignidad humana, tanto la de los condenados como la nuestra, se sirve mejor al no recurrir a este castigo extremo e innecesario. La sociedad moderna tiene los medios para protegerse sin la pena de muerte.

La conmutación de esta pena por la de cadena perpetua, serviría al bien común de todos al ayudar a romper la espiral de violencia en nuestra sociedad, ya que la mentalidad de “ojo por ojo” terminará por dejarnos a todos ciegos.

A principios de este año, el Papa Francisco reiteró las enseñanzas de San Juan Pablo II, en el sentido de que “la dignidad de la persona humana no se pierde ni siquiera después de la comisión de crímenes muy graves”. El Papa Francisco puso en el Catecismo de la Iglesia Católica una reafirmación de que “la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que ‘la pena de muerte es inadmisible, porque es un ataque contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona’”.

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